Relato: Susurros en la Noche Madrileña

Madrid bullía bajo un cielo estrellado de verano, y en un ático del barrio de Salamanca, Elena se preparaba para una noche que cambiaría todo. Tenía 32 años, con curvas que se delineaban bajo un vestido negro ceñido, el escote profundo revelando la suavidad de su piel olivácea. Su cabello castaño caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos verdes brillaban con una mezcla de anticipación y deseo reprimido.

La puerta se abrió, y entró Javier, alto y atlético, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el contorno de su pecho musculoso. Habían coincidido en una fiesta de amigos comunes, y la química fue instantánea: miradas que se prolongaban, roces casuales que encendían chispas. Ahora, solos en su apartamento, el aire estaba cargado de electricidad.

—¿Vino? —preguntó ella, ofreciéndole una copa con una sonrisa juguetona.

Él la tomó, pero en lugar de beber, la dejó en la mesa y se acercó, su mano rozando la cintura de Elena. —Prefiero algo más... dulce —murmuró, su voz grave y ronca.

Sus labios se encontraron en un beso lento al principio, exploratorio. Elena sintió el calor de su boca, el sabor a menta y deseo. Sus lenguas se entrelazaron, y ella gimió suavemente cuando él la presionó contra la pared, sus manos subiendo por sus muslos, levantando el vestido hasta revelar las medias de encaje negro.

Javier se arrodilló, sus ojos fijos en los de ella mientras besaba el interior de sus piernas, subiendo centímetro a centímetro. Elena jadeó, sus dedos enredándose en el cabello oscuro de él. —Javier... —susurró, el pulso acelerado.

Él sonrió contra su piel, y con delicadeza, apartó la tela de sus bragas, exponiendo su intimidad húmeda y palpitante. Su lengua la rozó primero con suavidad, lamiendo los pliegues sensibles, luego más insistentemente, circundando su clítoris con maestría. Elena arqueó la espalda, sus caderas moviéndose al ritmo de sus caricias. El placer la invadía en oleadas, sus gemidos llenando la habitación mientras él introducía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar.

—No pares... Dios, no pares —suplicó ella, el orgasmo construyéndose como una tormenta.

Cuando explotó, fue intenso, sus piernas flaqueando mientras él la sostenía, lamiendo cada gota de su éxtasis.

Elena lo levantó, besándolo con urgencia, probando su propio sabor en sus labios. Lo empujó hacia el sofá, desabrochando su pantalón con manos temblorosas. Su erección saltó libre, dura y venosa, y ella la envolvió con la mano, acariciándola de arriba abajo mientras lo miraba a los ojos. Javier gruñó, su cabeza echada hacia atrás.

Se montó sobre él, guiándolo dentro de ella con un movimiento lento y deliberado. La sensación de llenura la hizo gemir; él era grueso, perfecto. Comenzó a moverse, cabalgándolo con ritmo creciente, sus pechos rebotando bajo el vestido que aún no se había quitado. Javier los liberó, succionando un pezón endurecido mientras sus manos apretaban sus nalgas, guiando sus embestidas.

El sudor perlaba sus cuerpos, el sonido de piel contra piel mezclándose con sus respiraciones entrecortadas. —Más fuerte —ordenó ella, y él obedeció, levantándola para penetrarla desde abajo con fuerza, golpeando profundo.

El clímax los alcanzó juntos: Elena se contrajo alrededor de él, gritando su nombre, mientras Javier se derramaba dentro de ella en pulsos calientes y abundantes.

Se derrumbaron exhaustos, entrelazados en el sofá, el corazón de uno latiendo contra el otro. La noche madrileña seguía afuera, pero dentro, solo existía el eco de su pasión compartida. ¿Quién sabía qué traería el amanecer? Por ahora, bastaba con el calor de sus cuerpos y la promesa de más.

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