Relato: Neón y Semen en la Azotea.
**Advertencia: Contenido solo para mayores de 18 años** Este relato contiene descripciones explícitas de sexo, consumo de drogas y lenguaje adulto. Si eres menor de edad o te ofende este tipo de contenido, por favor, abandona esta página.
La ciudad era una cuchilla de luz que cortaba la niebla tóxica, y yo estaba estacionado en mi 911 negro en la esquina de Sunset y Crescent Heights, observando a los valet como insectos bajo el resplandor de sodio. Eran las 11:47 p.m., la hora en que los bellos y los malditos empezaban a difuminarse. Mi teléfono vibró. Un mensaje de Blair: Azotea. Ahora. Trae lo bueno. Guardé el frasquito en el bolsillo de la chaqueta, la cocaína ya sudando contra mi corazón.
Blair esperaba junto a la piscina, piernas cruzadas sobre una tumbona blanca, el dobladillo de su vestido Alaïa subido lo suficiente para dejar ver la parte superior de encaje de sus medias. Su cabello era platino, severo, el tipo de corte que cuesta más que el alquiler de la mayoría. No sonrió al verme. Nunca lo hacía. En cambio, inclinó la cabeza, evaluando, como si yo fuera un cuadro que podría comprar o quemar.
“Llegas tarde,” dijo.
“Tráfico,” mentí.
Tomó el frasquito sin pedirlo, se echó un golpe en el dorso de la mano y lo aspiró en un solo movimiento elegante. Sus pupilas se dilataron como lentes de cámara. “Mejor,” murmuró. Luego se levantó, la ciudad extendiéndose detrás de ella en una cuadrícula de neón y desesperación, y caminó hacia las puertas de cristal que daban al interior. La seguí.
El ático era todo mármol y espejos, el tipo de lugar donde las superficies reflejan superficies hasta que pierdes la noción de dónde termina tu cuerpo y empieza el vacío. Había una botella de Cristal abierta sobre la barra de ónix, dos copas vacías. Blair se sirvió sin mirarme, el líquido dorado cayendo como orina de ángeles. Bebió un trago largo, luego se giró.
“Quítate la chaqueta.”
Lo hice. La tiré sobre el sofá de cuero italiano. Ella se acercó, sus tacones resonando como disparos en el silencio. Sus dedos eran fríos cuando desabrochó mi camisa, botón a botón, sin prisa. Cuando llegó al último, deslizó las manos dentro, sobre mi pecho, las uñas arañando apenas. Sentí el pulso en mi garganta.
“Te deseo,” dijo. No era una declaración de amor; era un hecho, como decir que el cielo es azul o que la coca es cara.
Me besó entonces, duro, los dientes chocando, su lengua buscando la mía con la urgencia de alguien que ha esperado demasiado. Sabía a champán y a algo metálico, como sangre. La empujé contra la pared de cristal que daba al balcón, la ciudad parpadeando debajo de nosotros como un circuito defectuoso. Mis manos subieron por sus muslos, bajo el vestido, encontrando la piel suave, caliente. No llevaba bragas. Nunca las llevaba.
“Joder, Blair,” gruñí contra su cuello.
Ella rio, bajo, gutural. “No hables. Solo fóllame.”
La levanté, sus piernas rodeando mi cintura, y la llevé al sofá. La tiré sobre los cojines, el vestido subiéndose hasta la cintura. Se abrió de piernas, expuesta, el coño depilado brillando bajo la luz fría. Me arrodillé entre sus muslos, la lengua encontrando su clítoris en un solo movimiento. Ella jadeó, los dedos enredándose en mi cabello, tirando. Lamí despacio al principio, círculos lentos, luego más rápido, chupando, mordisqueando. Su sabor era salado, adictivo. Sus caderas se alzaron, buscando más.
“Más adentro,” ordenó.
Metí dos dedos, curvándolos, encontrando ese punto que la hacía temblar. Estaba empapada, los sonidos húmedos llenando la habitación. La follé con los dedos mientras mi boca no dejaba de trabajar, hasta que se corrió con un grito ahogado, el cuerpo convulsionando, los muslos apretando mi cabeza.
No le di tiempo a recuperarse. Me puse de pie, me bajé los pantalones, mi polla dura como el acero. Ella me miró, los ojos vidriosos, la boca entreabierta. Se lamió los labios.
“Ven aquí,” dijo.
Me montó a horcajadas, guiándome dentro de ella con una mano. Entré de un solo empujón, profundo, hasta el fondo. Ella gimió, la cabeza echada hacia atrás, el cabello cayendo como una cortina. Empezó a moverse, arriba y abajo, lento al principio, luego más rápido, sus tetas rebotando bajo el vestido. Las saqué, los pezones duros, rosados. Los pellizqué, los retorcí. Ella gritó, pero no de dolor.
“Más fuerte,” exigió.
La agarré por las caderas, la follé hacia arriba, cada embestida haciendo que el sofá crujiera. El sudor nos cubría, el olor a sexo y perfume caro llenando el aire. Cambiamos de posición: la puse a cuatro patas, el culo en alto, perfecto. Entré de nuevo, desde atrás, una mano en su cabello, tirando, la otra en su clítoris, frotando. Ella empujaba hacia atrás, encontrando cada golpe, los gemidos convirtiéndose en gritos.
“Voy a correrme otra vez,” anunció, la voz rota.
“Córrete en mi polla,” le dije.
Y lo hizo, apretándome, ordeñándome, hasta que no pude más. Me corrí dentro de ella, chorro tras chorro, el placer tan intenso que vi estrellas. Nos derrumbamos juntos, jadeando, la ciudad indiferente debajo.
Pero esto no era el final. Nunca lo era con Blair.
Después de un rato, se levantó, fue al baño, volvió con una toalla húmeda. Me limpió con cuidado, casi tierna. Luego se sentó a mi lado, encendió un cigarrillo, el humo subiendo en espirales.
“Hay una fiesta mañana,” dijo. “En la casa de Rex. Trae más.”
Asentí. Sabía lo que significaba. Rex era un productor, el tipo de hombre que coleccionaba personas como trofeos. Su casa en las colinas era un templo al exceso: piscinas infinitas, camas redondas, espejos en el techo. La última vez, había terminado follándome a una modelo rusa en el jacuzzi mientras Blair miraba, bebiendo ginebra como si fuera agua.
“¿Quién más va?” pregunté.
“Los de siempre. Y alguien nuevo. Dice Rex que es virgen en esto.”
Sonreí. Las vírgenes siempre eran las más divertidas.
Al día siguiente, el sol era un cuchillo en el cielo. Conduje por las curvas de Mulholland, el Porsche rugiendo, la coca en el bolsillo como un talismán. La casa de Rex era un monolito de vidrio y acero, música retumbando desde dentro. Aparqué entre un Ferrari rojo y un Lamborghini amarillo. El valet me miró como si fuera dios.
Dentro, la fiesta ya estaba en marcha. Cuerpos semidesnudos en la piscina, líneas de coca sobre mesas de mármol, botellas de Dom Pérignon flotando en cubos de hielo. Encontré a Blair en la barra, vestida con un bikini negro que apenas cubría nada, un collar de diamantes brillando en su cuello. Estaba hablando con una chica que no conocía: alta, delgada, cabello negro azabache, ojos verdes que parecían demasiado grandes para su cara. La virgen, supuse.
“Este es él,” dijo Blair, presentándome. “Nuestro proveedor.”
La chica me miró, nerviosa pero curiosa. “Soy Lana,” dijo, la voz apenas un susurro sobre la música.
Le ofrecí una línea. Dudó, luego se inclinó, aspiró. Sus ojos se abrieron como platos.
“Bienvenida,” dije.
La noche se desenvolvió como una película en cámara rápida. Bailamos, bebimos, nos drogamos. En algún momento, Blair me llevó a Lana de la mano hacia una de las habitaciones del fondo. La puerta se cerró con un clic.
La habitación era roja: paredes rojas, sábanas rojas, luz roja. Había una cama king size y un espejo en el techo. Blair empujó a Lana sobre el colchón, se subió encima de ella, besándola con hambre. Lana respondió, tímida al principio, luego con más urgencia. Yo miraba, la polla endureciéndose en mis pantalones.
Blair se giró hacia mí. “Quítate la ropa.”
Lo hice. Me acerqué, desnudo, la polla apuntando al techo. Blair bajó la cabeza de Lana hacia mí, guiándola. Lana abrió la boca, insegura, pero obediente. La tomé por el cabello, suave, y empujé dentro. Estaba caliente, húmeda, la lengua torpe pero entusiasta. Blair se quitó el bikini, se sentó sobre la cara de Lana, moviendo las caderas. Los gemidos llenaron la habitación.
Follamos así durante lo que parecieron horas: yo en la boca de Lana, Blair en su lengua, luego cambiamos. Metí la polla en Lana, despacio, ella era estrecha, virgen en más de un sentido. Gritó, pero no de dolor. Blair lamía sus tetas, pellizcaba sus pezones. La hice correrme dos veces antes de cambiar de nuevo.
En un momento, Rex entró, borracho, con una botella en la mano. “¿Puedo unirme?” preguntó.
Blair rio. “Claro, cariño.”
Rex se desnudó, su polla gruesa, venosa. Se puso detrás de mí, lubricante en la mano. Nunca había hecho esto antes, pero la coca lo hacía todo posible. Me penetró despacio, el dolor convirtiéndose en placer, luego en algo más. Follábamos en cadena: Rex en mí, yo en Lana, Blair sentada en la cara de Lana otra vez. El espejo del techo reflejaba todo: cuerpos sudorosos, bocas abiertas, ojos en blanco.
Nos corrimos casi al mismo tiempo, un coro de gemidos y maldiciones. El semen cubría sábanas, cuerpos, el aire. Después, nos quedamos allí, exhaustos, fumando, bebiendo lo que quedaba de champán.
La ciudad seguía afuera, indiferente. Mañana habría otra fiesta, otra línea, otro cuerpo. Pero por ahora, esto era suficiente.
Al amanecer, conduje de vuelta al centro, el sol naciente tiñendo el cielo de rosa enfermo. Blair dormía en el asiento del pasajero, Lana en el respaldo, las dos desnudas bajo una manta. Mi cuerpo dolía, pero era un dolor bueno, el tipo que te recuerda que estás vivo.
En el retrovisor, vi la casa de Rex empequeñecerse, un castillo de excesos en las colinas. Sabía que volvería. Siempre volvía.
Porque en Los Ángeles, el deseo no tiene final. Solo pausas comerciales.